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Revisiones cardiológicas tras el cáncer: por qué son clave en la prevención de la insuficiencia cardíaca

La cardiotoxicidad causada por tratamientos oncológicos, como las antraciclinas, es una complicación cada vez más reconocida. Cáncer y enfermedades cardiovasculares comparten factores de riesgo y mecanismos biológicos, lo que hace necesario un enfoque conjunto entre oncología, cardiología y hematología.

Antes, durante y después del tratamiento, una vigilancia cardiovascular activa permite detectar posibles daños en el corazón, prevenir insuficiencia cardíaca y mejorar la calidad de vida de los pacientes oncológicos. Esto es especialmente importante en el contexto de proyectos como RESILIENCE, que trabajan para prevenir estos efectos de forma innovadora y personalizada.

El valor de una evaluación cardiovascular temprana

Antes de iniciar un tratamiento oncológico, una valoración completa de la salud cardiovascular del paciente permite no solo tratar posibles patologías previas, sino también anticipar riesgos y adaptar el enfoque terapéutico. Esta evaluación debe mantenerse a lo largo del proceso oncológico, con un seguimiento periódico que permita detectar de forma precoz cualquier signo de deterioro en la función cardíaca.

La estratificación del riesgo cardiovascular es clave en este proceso. Herramientas como la escala SCORE, que tiene en cuenta variables como la edad, el sexo, la presión arterial o los niveles de colesterol, permiten estimar el riesgo en la población general, aunque en el caso de pacientes oncológicos es necesario ajustar esta valoración teniendo en cuenta factores adicionales como el tipo de cáncer, la presencia de metástasis, el tratamiento recibido o si ha habido radioterapia torácica o trasplante hematopoyético.

En los últimos años se ha demostrado que esta evaluación periódica del riesgo puede predecir la aparición de cardiotoxicidad grave y mortalidad en los dos primeros años tras el tratamiento, especialmente en pacientes oncohematológicos.

¿Cómo se lleva a cabo el seguimiento cardiológico?

Una correcta vigilancia cardiovascular implica una combinación de exámenes clínicos, pruebas de laboratorio y herramientas de imagen. La frecuencia y el tipo de pruebas dependerán del perfil de riesgo del paciente y del tratamiento administrado.

Es fundamental que el paciente conozca su Riesgo Cardiovascular (RCV), ya que esto le permitirá entender los objetivos de control y comprometerse activamente en su consecución.

Para ello, es necesario realizar una evaluación clínica exhaustiva y un examen físico cuidadoso durante todo el proceso oncológico, con el objetivo de detectar signos y síntomas tempranos de enfermedad cardiovascular.

Entre las principales estrategias de vigilancia se incluyen:

  • Control estricto de la presión arterial: Debe realizarse en cada visita médica, y también en casa mediante una toma diaria durante el primer ciclo de tratamiento, tras cada incremento de dosis, y posteriormente de forma semanal, siempre que no se detecten alteraciones significativas. La frecuencia del control dependerá del tipo de fármaco antitumoral utilizado.
  • Electrocardiogramas seriados: en pacientes con riesgo de arritmias, se realizará un seguimiento mediante electrocardiogramas según el tratamiento administrado y la aparición de síntomas.
  • Análisis de sangre: se medirán los marcadores cardíacos al inicio y, posteriormente, de manera periódica, de acuerdo con el tipo de tratamiento antitumoral, el riesgo del paciente y su estado clínico. La elevación de estos marcadores puede ser un indicio temprano de cardiotoxicidad.
  • Pruebas de imagen: el ecocardiograma y la resonancia magnética cardíaca deben realizarse en función del riesgo individual de cada paciente, tanto al inicio, durante y al final del tratamiento antitumoral, y siempre que aparezcan nuevos síntomas cardíacos.

La prevención también pasa por el estilo de vida

Más allá del seguimiento clínico, la prevención de la cardiotoxicidad incluye el abordaje de los factores de riesgo modificables. Una alimentación equilibrada, basada en la dieta mediterránea, y la actividad física regular son pilares fundamentales. De forma general, se recomienda realizar al menos 150 minutos semanales de ejercicio moderado, combinado con actividades de fuerza si es posible.

En pacientes con alto riesgo de cardiotoxicidad, los programas de rehabilitación cardíaca adaptada han demostrado ser seguros y eficaces tanto durante como después del tratamiento oncológico.

También es importante abordar los hábitos tóxicos: abandonar el consumo de tabaco es prioritario, y debe evitarse el uso de cigarrillos electrónicos por su posible interacción con algunos tratamientos. El consumo de alcohol debe limitarse y adaptarse al contexto clínico individual. Asimismo, el control del peso corporal es esencial, ya que la obesidad es un factor de riesgo tanto para el cáncer como para las enfermedades cardiovasculares.

Un seguimiento adaptado a cada paciente

No todos los pacientes oncológicos presentan el mismo riesgo cardiovascular, por eso es necesario personalizar el seguimiento. Aquellos con bajo riesgo y sin síntomas pueden beneficiarse de una revisión anual con análisis básicos, mientras que los pacientes con riesgo intermedio o alto deben realizar controles más frecuentes que incluyan electrocardiogramas, perfil lipídico y control glucémico.

Es importante mencionar que, al ser un seguimiento personalizado, el médico será quien evalúe caso por caso y valore el tipo de revisión y controles necesarios según el riesgo que presente cada paciente.

En ciertos casos, como pacientes con riesgo elevado de enfermedad arterial periférica, es recomendable complementar la evaluación con pruebas específicas como el índice tobillo-brazo.

El cuidado del corazón no termina cuando finaliza el tratamiento contra el cáncer. Al contrario: es entonces cuando empieza una nueva etapa, en la que la prevención cardiovascular se vuelve más importante que nunca.

Desde el proyecto RESILIENCE, seguimos trabajando para proteger la salud de los pacientes oncológicos más allá de la curación del cáncer, con el objetivo de prevenir la insuficiencia cardíaca y promover una recuperación completa y duradera.

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