Las antraciclinas, solas o en combinación, siguen siendo la terapia más utilizada para el tratamiento de muchos tipos de cáncer, incluidos diversos tipos de linfoma, cáncer de mama, leucemia, melanoma, así como cánceres uterinos y gástricos. Cada año, se administran antraciclinas a más de 3 millones de ciudadanos europeos para el tratamiento del cáncer. El potencial curativo del tratamiento con antraciclinas está determinado por la dosificación adecuada.
Se conoce que las antraciclinas tienen un efecto cardiotóxico que puede provocar una lesión irreversible del miocardio e insuficiencia cardíaca crónica (IC). Si bien el principal determinante de la cardiotoxicidad por antraciclina (CA) es la dosis acumulada, el riesgo de este efecto adverso aumenta con la edad avanzada y la presencia de otras comorbilidades, como miocardiopatía isquémica, valvulopatía e hipertensión. Se estima que >5% de los supervivientes de cáncer viven con insuficiencia cardíaca crónica secundaria a CA. Existe una necesidad apremiante de identificar tratamientos capaces de prevenir la CA.


