Las antraciclinas son uno de los grupos de quimioterapia más utilizados en oncología desde hace más de 30 años. Su extraordinaria eficacia frente a numerosos tumores sólidos y hematológicos ha hecho que, incluso hoy, sigan considerándose fármacos de primera línea, administrados solas o en combinación con otras terapias. Entre los cánceres donde las antraciclinas continúan siendo la piedra angular del tratamiento se encuentran los linfomas, leucemias, sarcomas, cáncer gástrico y diversos subtipos de cáncer de mama.
Pese a su enorme valor terapéutico, las antraciclinas presentan un efecto adverso conocido: pueden causar cardiotoxicidad, un tipo de daño cardíaco que aparece en un porcentaje reducido de personas tratadas. Este daño puede progresar a insuficiencia cardíaca crónica, afectando aproximadamente al 5% de los supervivientes de cáncer que reciben estas terapias. Esto significa que, solo en Europa, más de un millón de personas viven con insuficiencia cardíaca como consecuencia tardía de un tratamiento que, por otro lado, les resultó curativo.
Los estudios epidemiológicos han demostrado que quienes presentan condiciones cardiovasculares previas, como hipertensión arterial, diabetes, obesidad o hipercolesterolemia, tienen un riesgo significativamente mayor de desarrollar cardiotoxicidad tras recibir antraciclinas. De todas estas condiciones, la hipertensión arterial es la que de forma más consistente se ha asociado a un riesgo incrementado.
“Sabíamos desde hace años que la hipertensión arterial aumentaba claramente el riesgo de cardiotoxicidad por antraciclinas, pero desconocíamos por completo el mecanismo subyacente”, explica el Dr. Borja Ibáñez, coordinador del proyecto RESILIENCE, director científico del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC) e investigador principal de este estudio que se publica en European Heart Journal.


